Traces, traces and itineraries in the DA2 Collection and Coca-Cola Foundation

 – DA2 (Domus Artium 2002) Museum, Salamanca

Traces, traces and itineraries

Los trazos, los rastros, las incisiones, las heridas o las cicatrices (ya sea sobre la materia, el cuerpo o el territorio) pueden ser tanto indicios de una presencia como señales inequívocas de una ausencia: en todo caso, son vestigios –casi arqueológicos– de los gestos que las originaron. Aunque el gesto que produjo una huella ya no se encuentre allí, el rastro que deja nos sigue remitiendo tozudamente a él, invocando con insistencia su origen. El filósofo Vilém Flusser definió ese gesto como un “movimiento del cuerpo, o de un instrumento unido a él, para el que no se da ninguna relación causal satisfactoria”¹. De ahí también su problemática: al aludir a su gesto generador de forma silenciosa, la huella huérfana no nos permite interpretar con certeza la intención con la que fue realizada.

En su Historia natural, Plinio el Viejo atribuye el origen de la pintura a un gesto conmovedor, personificado en la imagen de una doncella corintia contorneando con un carboncillo la sombra de su amado la noche antes de partir a la guerra².

En esta misma línea, Régis Debray afirma que “representar es hacer presente lo ausente. Por lo tanto, no es simplemente evocar sino [también] reemplazar. Como si la imagen estuviera ahí para cubrir una carencia, para aliviar una pena”³. Su misión, en este caso, se centra en salvar el abismo doloroso interpuesto entre la propia imagen-huella y el objeto al que invoca. Las fotografías del álbum familiar, por ejemplo, cumplen magistralmente esa función.

El hecho de que las primeras imágenes del periodo auriñaciense (hace más de 40.000 años) surgiesen en ajuares funerarios o como figuras de culto tampoco es casual ni baladí. También cumplían esa función esencial: satisfacer la necesidad de perpetuar lo efímero, de conjurar la nada. Más que dispositivos culturales perfectamente codificados y capaces de encerrar significados precisos, estas primeras imágenes surgieron como señales, como improntas puras para mitigar el dolor de la pérdida. “Así, pintada o modelada, Imagen es hija de Nostalgia”4;.

Muchas manifestaciones del arte parietal utilizaban las huellas del cuerpo. Las improntas directas de manos (o sus negativos) sobre el territorio y las paredes de las cuevas se reparten por todo el planeta desde el origen de los tiempos. La trascendencia de todas esas marcas de la Antigüedad prefiguraba ya un deseo de perpetuación y de memoria en nuestro imaginario que continúa hoy absolutamente vigente.

Pero, como argumenta Jean-Marie Schaeffer, toda imagen-huella es señal (sin codificar) antes que signo propiamente dicho.5 Sólo cuando las señales adquieren expectativas de sentido, es decir, cuando configuramos con ellas ideas y contenidos simbólicos más complejos, es cuando conquistan plenamente su condición de imágenes, y cuando podemos comenzar a hablar de ellas como verdaderas obras artísticas.

En consecuencia, el hilo conductor de esta exposición es la huella en su sentido más amplio, ya sea tratada de forma literal, metafórica o simbólica, pero siempre con una intención expresiva manifiesta. Las obras que aquí se presentan, pertenecientes a las colecciones del DA2 y la Fundación Coca-Cola, atestiguan cómo sus creadores abordan esta temática desde planteamientos conceptuales y técnicos muy distintos, ya sea desde la pintura, la escultura, el dibujo, el grabado, la instalación, la fotografía, el vídeo o la performance. Es precisamente esa diversidad la que se ha pretendido recoger, analizar y poner en valor a través de distintas secciones temáticas que componen la presente selección.

1. Flusser, Vilém (1991): Los gestos. Fenomenología y comunicación, Barcelona: Herder, 1994, p. 8.
2. Cfr. Plinio el Viejo: Naturalis historia, libro XXXV, 15.
3. Debray, Régis (1992): Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente, Barcelona: Paidós, 1994, p. 34.
4. Ibídem.
5. Cfr. Schaeffer, Jean-Marie (1987): La imagen precaria. Del dispositivo fotográfico, Madrid: Cátedra, 1990.

José Gómez Isla